Siguiendo el camino de Jesús a tu destino
Published Apr 3, 2008Al rector de mi seminario le encantaba decir: “Si tú no sabes a dónde vas, cualquier camino te lleva.” Aunque frecuentemente lo citábamos, por no otra razón que imitar su inimitable voz, sabíamos que tenía razón.
Con todo lo que la vida propone y coloca en nuestro camino, sería fácil considerarse a la deriva, saltando adelante sin objetivo, por lo que nos sucede y al mundo alrededor nuestro. Nosotros nos preguntamos: “¿A dónde me dirijo? ¿Todo esto se ajusta a un cierto plan para mí, alguna meta? ¿Será la vida solamente una cadena de acontecimientos sin propósito o destino?” Puede ser que comencemos a pensar que, si no tenemos ningún destino final, no importa cómo vivamos hoy.
El pensamiento y la costumbre moderna acentúan a menudo el aquí-y- el ahora, como la única última realidad, con poca referencia a las implicaciones a futuro de las decisiones actuales. Alguna gente ve esto como libertad, como fijar su propio destino; pero debemos tener la visión a futuro, para entender y abordar las actuales opciones, ensayos y tentaciones. No obstante, podríamos sentirnos sobre el momento actual -ir a la deriva o estar seguros de sí mismo- si no descubrimos nuestro destino y no fijamos nuestras vidas firmemente en el camino que nos conduce allí, perder poco a poco la esperanza y la sensación final de estar solos. Si no sabemos adónde vamos, cualquier camino nos llevará allí.
Providencialmente, sabemos adónde vamos. Tenemos un propósito, una meta y un destino - y este es Jesús Cristo.
El final del mundo es tocado con frecuencia por los escritores bíblicos. Debemos entender la palabra “final” de dos maneras: primero, refiriendo al hecho literalmente de que algún día este mundo terminará; y en segundo lugar, “final” que refiere a la “meta” o al “propósito” de la vida. Ambos significados nos ayudan a conseguir una manija en el presente y a enseñarnos que no estamos sin objetivo o a la deriva, no importando lo que los acontecimientos de hoy fijen antes de nosotros. Con las oportunidades y las pruebas de la vida, unidos con Cristo, nuestro Padre Divino nos está conduciendo a la vida eterna.
Sí, este mundo terminará; y sí, este mundo tiene una meta, un destino. Es por eso, que San Pablo escribió, que “todo fue creado a través de Cristo y para Cristo, y todo es destinado a Cristo”. El aquí-y- el ahora es de hecho muy importante, no en su propio mérito sino debido al destino que Dios ha dado a toda la creación. Ese destino es la luz con la cual podemos ver hoy, el compás que nos guía cómo vivimos hoy.
Los cristianos no se sientan ociosos en este mundo, aguardando el final. Nosotros vivimos ahora de una manera que respetamos el destino divino de toda la creación - tratando a cada persona con la dignidad de ser hijo e hija de Dios; prestando atención especial a los más vulnerables y a los pobres, a los que Jesús escoge como especialmente queridos por él; el servir como embajadores de su paz y trabajar para terminar con los conflictos que podamos encontrar; viviendo con valores; crecimiento en santidad a través de la oración y los sacramentos.
Estos son los ingredientes que, mientras vivimos, nos señalan en la dirección de la meta de nuestras vidas y nos revelan la presencia de Dios. Estos son los ingredientes de una vida llena de esperanza, porque forman una vida llena de Cristo.
Nosotros no vivimos esta vida en un vacío. Tenemos pruebas y luchas, algunas de las cuales pueden desanimarnos. Cristo nos ayuda a ver que él está trabajando aún allí – silenciosamente, misteriosamente, y quizás dolorosamente - pero no obstante trabajando, demostrando la manera a la resolución de todas las cosas en su amor.
Encuentro interesante leer cómo escritores antiguos describieron la razón para esperar en medio del aquí y del ahora.
San Macario escribió: “Cristo... vino hasta al suelo de la humanidad devastado por el pecado. Él asumió un cuerpo y, usando la cruz como su arado, cultivó el alma estéril del hombre. Él quitó las espinas a y los cardos que son los espíritus malvados y levantó las malas hierbas del pecado... Y cuando él había arado el alma con la madera de la cruz, plantó allí un jardín el más encantador del espíritu, que podría producir para su Señor y Dios, la fruta más dulce y más agradable de cada clase.”
San Agustín escribió: “Cantemos aleluya aquí en la tierra, mientras que todavía vivimos en ansiedad, de modo que podamos cantarle un día en el cielo en seguridad completa... Dios es fiel, dice la Santa Escritura, y él no permitirá que seas probado más allá de tus fuerzas… Has entrado a un tiempo de prueba, pero no sufrirá daño alguno- la ayuda de Dios le traerá seguridad. Usted es como un pedazo de cerámica, modelado por la instrucción, puesto al fuego por la tribulación.”
Jesús es el Camino que nos lleva a nuestro destino y él es nuestro destino. La Iglesia es la barca de Pedro sobre la cual navegamos en el Camino de Jesús, bajo la inspiración del Espíritu Santo. Somos sus campos, arados por su cruz para brotar la semilla que es su Palabra. Somos recipientes de arcilla - frágil y propensa a romperse - pero hechos por sus manos, según su diseño exacto, y destinados para ser llenados de él por siempre.
No a la deriva, sino yendo a alguna parte: a Dios, a nuestro Creador y Destino.
