Use palabras que edifiquen y que no ofendan
Published Jan 23, 2008Mientras crecía, entre las cosas que estaban prohibidas decir en casa -palabras vulgares, racistas o blasfemas- estaba la palabra “estúpido.” Para ser honesto, al comienzo me parecía raro que no se nos permitiera usar esa palabra, pues me parecía benigna al lado de todas las otras palabras. Poco a poco comprendí que era una palabra fuera de los límites, porque es una palabra muy barata y fácil de usar para ofender o menospreciar.
La lección mayor fue que, además de la lista de las palabras prohibidas, hay otra ofensa seria de evitar - el uso mal intencionado de hablar para herir a otro. Aún las buenas palabras pueden herir cuando son dichas como sarcasmo.
La etimología de la palabra “sarcasmo” nos lleva al griego “sarkazein,” que significa, rasgar la carne, morderse los labios con rabia, despreciar. Así que sarcasmo es una afilada, algunas veces irónica expresión verbal diseñada para poner en ridículo e infligir dolor; su efecto depende en lenguaje amargo, mordaz y cortante. Mis padres eran prudentes para no permitir tal lenguaje en nuestra casa, porque sabían que el sarcasmo hiere, divide y crea una atmósfera de hostilidad -cosas venenosas para una familia.
Me parece que mucho del entretenimiento en estos días se encuentra en la categoría de vulgar sarcasmo. En otras palabras, es barato y adolescente; venenoso; divide; lastima. Los autores del Nuevo Testamento, especialmente Santiago y Pablo, señalan insistentemente que tal lenguaje es antitético a la dignidad de aquellos a quienes siguen a Cristo.
Santiago reconoce el poder de la lengua para el mal:
“Poniendo un freno en la boca del caballo podemos dominarlo, y sometemos así todo su cuerpo. Lo mismo ocurre con los barcos: con un pequeño timón el piloto los maneja como quiere, por grandes que sean, aun bajo fuertes vientos. Así también la lengua es algo pequeño, pero puede mucho; aquí tienen una llama que devora bosques. La lengua es un fuego, y es un mundo de maldad… Animales salvajes y pájaros, reptiles y animales marinos de toda clase han sido y de hecho son dominados por la raza humana. Pero nadie ha sido capaz de dominar la lengua. Es un azote que no se puede detener, un derrame de veneno mortal. Con ella bendecimos a nuestro Señor y Padre y con ella maldecimos a los hombres, hechos a imagen de Dios. De la misma boca salen bendición y maldición. Hermanos, esto no puede ser así” (Santiago 3, 5-10).
San Pablo reconoce que la lengua mal usada hiere el Cuerpo de Cristo:
“…que no imiten a los paganos, que se mueven por cosas inútiles. Su inteligencia está en tinieblas; la ignorancia en que quedan, así como su consciencia ciega, los mantienen muy lejos de la vida de Dios. Después de perder el sentido moral se han dejado llevar por el libertinaje y buscan con avidez toda clase de inmoralidad… Pero ustedes no aprendieron así a Cristo…Revístanse, pues, del hombre nuevo, el hombre según Dios que Él crea en la verdadera justicia y santidad.”
“Por eso, no más mentiras; que todos digan la verdad a su prójimo, ya que todos somos parte del mismo cuerpo. Enójense pero sin pecar; que el enojo no les dure hasta la puesta del sol, pues de otra manera se daría lugar al demonio… No salga de sus bocas ni una mala palabra, sino la palabra que hacia falta y que deja algo a los oyentes” (Efesios 4, 17-29).
El sarcasmo en sí mismo es insensibilidad-en-palabras, pero cuando dejamos que tome nuestro lenguaje, nuestras familias, nuestros centros de trabajo, nuestras parroquias, nuestras escuelas y nuestros discursos diarios, entonces hieren y envenenan el aire. Pablo escribió que los gentiles, por la dureza de sus corazones, se habían vuelto crueles. Así es con el sarcasmo: nos insensibiliza al sufrimiento y nos causa indiferencia a la herida que inflinge en otros. Crea una atmósfera de cruel indiferencia. Cristo al contrario, nos llama a construir su casa con palabras que edifiquen en vez de destruir.
Tiempo atrás, hice el compromiso que al escribir o al hacer una presentación, no usaría el sarcasmo o un criticismo barato como medio de conseguir presentar un punto. Lo que he fallado frecuentemente de hacer es vivir ese compromiso en la conversación diaria. Santiago y Pablo me retan a ser más vigilante sobre mis palabras casuales y sus efectos, el significado que yo uso para expresar mi enojo como mi opinión y también el uso propio de mi lengua – cuyo propósito principal es bendecir a Dios, enseñar su Palabra y enaltecer su familia en amor.
